Accidentes

a Elisa
Yo me acomodo en Dios como la mano en el pomo de la puerta
y lo empujo suavemente:
mis amigos viven sin otra gravedad que sus veinte años
con la misma tersura
y pueden detenerse para marcar un libro
o gustar la filigrana de unos labios.
No hay heridas visibles
-acaso la única zozobra sea mi propio aliento-
se puede conversar tranquilamente.
Saben lo que hubieran debido saber
aman en verdad con todos sus poderes
pero nos añoramos
como a la novia que escapa por la habitación contigua.
Yo me acomodo en Dios solo para verlos
para creer que nada cambia un simple paso
que llegaré despierto junto a todas mis cosas
que el dolor será el mismo
fuerte como esas puertas de los grandes hoteles
que no se cierran nunca.

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